EL LADO EQUIVOCADO DE ANTONIONI (A propósito de una redición de Pink Floyd) -Hernando Harb

miércoles, 25 de agosto de 2010 en 14:49















EL LADO EQUIVOCADO DE ANTONIONI

(A propósito de una redición de Pink Floyd)


Se supo. Todos conocían la admiración del director italiano Michelangelo Antonioni (1912-2007) por el conjunto Pink Floyd, la excelente banda musical que compusiera “The Wall” (pese a los artificios del abúlico Alan Parker como realizador de cine).

Pero la noticia de la redición de un CD que incluye la bellísima “Us and them” (después hit de “El lado oscuro de la luna” la prensa internacional difundió el rechazo que manifestó el artesano de “Blow Up” por incluir la hermosa melodía en una de las secuencias fundamentales de su único filme estadounidense “Zabriskie Point” aduciendo que no le “gustaba”., ante la presencia de la banda musical encabezada por el psicótico Syd Barret. Furon muchas las idas y venidas entre el discutido director y el talentoso grupo. Cuyas partituras, a excepción de la mencionada, sí fueron aceptadas por el crítico de la “alienación capitalista” exportada por Norteamérica.

Es más, Antonioni recurrió a The Doors, y le pidió un fondo musical adecuado para una de las escenas fundamentales de su proyectoque se desarrollaba en la localidad de Lone Point, donde le llamó la atención un gran lago seco debajo de Mount Whitney, Los Ángeles, donde lo deslumbró la belleza muerte del Valle de la Muertte o Death Valley.

Morrison, el alma de The Doors, dijo que sí y creó en menos de un día la composición “L’America”. Antonioni se la rechazó. “No me gustó”, le confesaría a su hija, una actriz menor que alguna vez trabajó con su padre, ya anciano y muy enfermo. Y resolvió recurrir a los Pink Floyd suponemos con ningún arrepentimiento. La egolatría de M.A., creada por los elogios vanguardistas de los ’70, se mantenía incólume.

Todo esto viene a colación para no sólo anunciar la redición de un mítico álbum de Pink Floyd con la dolorosa y rebelde guitarra de David Glimour, también para conocer el desconocimiento de la calidad musical de su tiempo, tal vez influido por su obsesivo odio a un mundo que se imponía en varios aspectos y que era ajeno a sus gustos e impertinencias absolutistas.

De todas maneras la secuencia de la destrucción del edificio Mobil, en el sur de Los Ángeles, que se suponía pertenecía a las oficinas de la Summy Dunes Real Estate Comp (con su presidente incluido, un Rod Taylor algo obeso) quedaron como uno de los momentos magnéticos del cine de la época de oro del cine de Italia.

Los músicos pop no deben de haberse impresionado ante las deficiencias auditivas de un tozudo innovador admirado por los Guido Aristarco de entonces. Lo que sí asombra es que los hermosos jóvenes que representaban a Daria y a Mark, representantes de la juventud de los EE.UU. de aquel tiempo, desaparecieron como por arte de magia. El olfato selectivo del responsable de “La aventura” dio otra demostración de ineficacia.

La cuestión es que la redición de la obra maestra del mítico conjunto musical va a tener la acogida de los memoriosos y de los jóvenes seguidores que se multiplican merced al idioma de la música.


HERNANDO HARB

DE VUELTA A LA VIDA de Scott Hicks - Hernando Harb

en 14:42











DE VUELTA A LA VIDA

de Scott Hicks


Título original: “The boys are back”

Género: DramaCoproducción entre Australia e Inglaterra, 2009

Distribuida por Alfa

Dirección: Scott Hicks

Guión: Allan Cubitt

Según las memorias “The boyas ares back in town” de Simon Carr

Fotografía en colores: Greig Fraser

Música: Hal Lindes

Diseño de Producción: Emily Seresin

Hablada en inglés

Fecha de estreno en la Argentina: 26 de agosto de 2010

Duración: 104’

Calificación: Apta para todo público

Intérpretes: Clive Owen (Joe Warr) – Emma Booth (Laura) – Laura Fraser (Katy Warr) – George MacKay (Harry Warr) – Nicholas McAnulty (Artie Warr) – Julia Blake (Barbara)


En los años ’50 el cine norteamericano se caracterizaba por una cantidad de filmes donde los personajes de madres eran mujeres dominantes, castradoras, amas de casa febriles, controladoras hasta la exasperación. Los padres eran débiles, leían el diario, no se ocupaban de sus dominantes hijos, usaban anteojos, no tenían amantes y eran un pollo grande bajo las faldas de su mujer.

Los hijos: unos rebeldes casi suicidas, alcoholizados, dormían de día hasta sobre los pupitres escolares y llevan una navaja bien afilada para emprenderla por cualquier motivo.

Los ejemplos abundan: Al este del paraíso de Elia Kazan, Semilla de maldad de Richard Brooks, Rebelde sin causa de Nicholas Ray, Esplendor en la hierba de Kazan. Podrían hacerse listas de los hijos cuyos padres era unos incapaces que sólo admitían la militarizada dirección de sus esposas, encariñadas por sus polluelos hasta emular a Yocastas enseñoreadas en el hogar. La actriz ideal para estos roles fue la paradigmática Jo Van Fleet y casi la desbancó Geraldine Page, lo que no logró porque Tennessee Williams le tenía reservados protagonistas decadentes y solitarias en busca de gigolós a la vuelta de la esquina.

Las leyes de Hollywood son férreas. Se cansaron de madres edípicas y optaron por mujeres en busca de su libertad e identidad. Los tiempos lo requerían: Vietnam, un deslustrado home, sweet home y relaciones sexuales aireadas al estilo Capote.

La solución llegó con Kramer versus Kramer en 1979 de la mano del hábil Robert Benton y de la personalidad de Meryl Streep. El filme fue un éxito y ganó un Oscar al Mejor del Cine de los EE.UU. con su objetivo evidente: entender el cambio de roles en la pareja matrimonial, el abandono de la función monopólica y tradicional: la maternidad. Admitamos que la exitosa novela del discreto Avery Corman fue fundamental y la actuación de Dustin Hoffman, un míster Kramer que tambalea ante las señales de malestar que le impone su cónyuge. El hombre afronta el abandono de su “media naranja” y él debe de ocuparse de la educación de su hijo y de su actividad empresarial en ascenso. Todo a la vez, incluidas las tareas hogareñas.

La invasión de dramas y comedias del país del Norte referidas a padres que deben compartir sus obligaciones hogareñas coparon las pantallas. Los padres cambiaron los pañales de sus bebés, aprendieron a cocinar y únicamente asados al aire libre, reconocieron que sus hijas mujeres descubrieron las píldoras anticonceptivas y hasta -infaltable Woody Allen- que su compañera podía enamorarse de una mujer en Manhattan y con fondo jazzístico.

Hace casi cinco años que pululan filmes estadounidenses con hombres viudos, divorciados, solteros poco inteligentes y demás especímenes masculinos ocupándose de la educación de sus hijos (nenas o varones).

El mejor logro fue la recomendable Grace is Gone (2007) de James C. Strouse con John Cusack. Abundaron los pasos de comedia y los dramatismos de entrecasa solucionados entre lagrimones y con proyectos esperanzadores.

“De vuelta a la vida” es uno de esos casos. Inspirado en el relato autobiográfico de un cronista deportivo inglés radicado en Australia que queda viudo y a cargo de Artie, un hijo menor de 5 años, el filme es una especie de libro de autoayuda para ablandar el mal carácter del deportista y consumar su período de duelo. Por supuesto, no es fácil. Su amada esposa –una aficionada a los caballos que participa en contiendas deportivas a las que renunció por el hogar- fallece de cáncer, pero lo visita (sic) a su viudo John para aconsejarle cómo educar al pequeño.

Hasta que aparece Nicholas, un adolescente hijo de su primer matrimonio al que el periodista abandonó por embarazar a su recientemente fallecida mujer, Laura. Doble problema educativo. Y en superarlo consiste el relato colorido de este filme que parece un rosario de enseñanzas, de perdones y, en fin, de cumplir con la etapa de duelo para reconstruir la vida personal con las telarañas del recuerdo y las imposiciones de la supervivencia.

Lo que sucede es fácil de imaginar. Muchas corridas por aeropuertos y a orillas del mar, una posible futura compañera de John (divorciada, linda y con dos hijitas), un jefe de redacción comprensivo, unos suegros angelicales y un desorden hogareño que habrá de superarse con un decálogo cuyo primer mandamiento es: poner la ropa sucia en el lavarropas y luego colgarla en el patio para que se seque bajo el sol de una Australia que se refleja en la historia en los tiempos muertos, con abundantes postales nocturnas (luna llena reflejándose en las aguas), árboles bañados de sol en carreteras solitarias, y hasta lloviznas festejadas con risotadas familiares. Todo dosificado con algún problemita provocado por el extravío de un celular.

La actuación de Cliven Owen es, como de su costumbre, la de un profesional que cumple al pie de la letra las órdenes del director, aunque éste se llame Scott Hicks y que tenga una mediocre filmografía (basta decir que fue el responsable de que Catherine Zeta-Jones conviva con cacerolas y papas fritas en la supuesta comedieta “Shine”). Los chicos, lo suficientemente soportables como para no recordarlos con antIpatia.


HERNANDO HARB

PUNTOS DE VISTA de Pete Travis - HERNANDO HARB

martes, 24 de agosto de 2010 en 16:43













PUNTOS DE VISTA

de Pete Travis


Título original: “Vantage Point”

Estados Unidos, 2008

Género: Thriller

Distribuida por Columbia Pictures

Dirección: Pete Travis

Guión original: Barry L. Levy

Productor:Neal H. Moritz

Diseño de Producción: Brigitte Broch

Productores: Edgar Ramírez – Ayelet Zurer

Montaje: Stuart Baird

Música: Atli Örvarsson

Director de fotografía en colores: Amir Mokri

Hablada en inglés y español

Estrenada en la Argentina: 28 de febrero de 2008

Duración original: 90´

Intérpretes: Dennis Quaid (Thomas Barnes) – Matthew Fox (Kent Taylor) – Forest Whitaker (Howard Lewis) – Sigourney Weaver (Rex Brooks) – William Hurt (Presidente Ashton) – Eduardo Noriega (Enrique) – Said Tghmaoui (Suárez)

Calificación en la Argentina: Sólo para mayores de 13 años


Plaza de Salamanca, repleta de gente. Esperan al presidente Ashton, de los EE.UU., para inaugurar el foro contra el terrorismo. Hay una tensión que se percibe en el ambiente soleado (el filme fue rodado en Cuernavaca, México) que la cámara trasmite y no deja de hacerlo durante los quince minutos que unen la llegada del estadounidense, empieza el discurso del intendente y se produce un atentado: no sólo contra el presidente visitante, también estalla una bomba potente que derrumba varios edificios y deja ala plaza cubierta de heridos, polvo y gente escapando.

En una película en la que la protagonista es la acción. El desarrollo del relato transcurre puntualmente ese cuarto de hora vistos desde el punto de vista de asistentes al acto: un guardaespaldas culposo, otro demasiado heroico, un turista negro con su cámara digital, una movilera antiimperialista,- una madre y su pequeña hija que acaba de perder un helado, un policía español enamorado que se siente traicionado por su amante, una productora de TV, enfermeras, choferes de ambulancia, un hispano que busca a su hermano secuestrado, un conserje de hotel…

No hay personajes en el estricto sentido cinematográfico, son simples marionetas que el director Pete Travis usa para concretar un ejercicio de estilo con la complicidad del montajista Stuart Baird y el músico Atli Örvarsson. En verdad, los tres son los responsables de este despliegue de dinámica que no da respiro al espectador.

Las líneas de diálogo son apenas interjecciones, órdenes, breves pedidos de auxilio, llamados de atención… También los objetos se incorporar al juego del realizador y sus dos magníficos profesionales: un celular modernísimo que dispara tiros, un ventilador que gira en un cuartucho solitario, una cámara fotográfica curiosa, la capa de una enfermera, un cucurucho, una cámara de televisión que se duplica y triplica…

En suma, un cine hecho de imágenes que duran desde medio segundo hasta un minutos, y se amalgaman hasta el paroxismo dejando a William Friedkin y su “Contacto en Francia” o James Bond y su 007 corriendo por grúas y caminos estrechos a la altura de un aprendiz de velocidad al servicio del montaje.

Un ejemplo entre muchos: un agente del Servicio Secreto observa un visillo moviéndose en una ventana que se supone vacía (la escena dura dos segundos), un turista negro observa con su cámara de fotos la mirada intrigada (un segundo), no tienen tiempo de dudar (medio segundo de ojos azorados), una mano dispara una pistola (otro segundo), el presidente cae (medio segundo), otra mirada que anuncia una huida sin que su dueña diga una sola palabra, otros ojos que lo miran y advierten más adrenalina, un policía que tira un bolso, otro que descubre el gesto, un estallido terrible, miles de astillas, escombros, voces, centenares de segundos que Travis enlaza en el cuarto de la moviola para armar cine puro, con una trama casi mínima, con diálogos que se parecen balbuceos, con una intriga que crece, donde el sospechoso puede ser cualquiera y hasta multiplicarse en varios.

Hay pasajes que el óptimo fotógrafo Amir Mokri enfoca un solo ojo (no se sabe de quién) y el espectador se inquieta ante una duda; el ojo es reemplazado por el de una mujer, luego por el de una niña, y el de ésta por un huracán de tierra que cubre cuerpos y espanta el aire respirable reemplazado por ayes y llantos.

Una magnífica película de acción realizada con la prolijidad de un experto y que logra que las actuaciones (el reparto es de primer orden) no puedan decir que son tales porque aparece un rival absorbente: la acción. ¿Quién puede decir que el notable Forest Whitaker se luce entre planos y contraplanos que lo convierten en un cuerpo que huye, se esconde, busca a una niña llamada Anna y que con un movimiento nervioso de espaldas anuncia la presencia de un posible atacador? ¿Quién puede negar que el joven actor Eduardo Noriega sacrifica sus cualidades interpretativas y se somete a los designios de un realizador que hace con la filmadora una prolongación de sus manos para reflejar la persecución de varios coches en callecitas empedradas en medio de gente despavorida?

Se dijo que “Puntos de vista” es la visión particular de 8 personajes ante un acto terrorista. Nada más errado. Primero que el número de observadores es casi el doble. Segundo: salvo algún terrorista emite algo parecido a una frase vengativa.

Los atacados somos todos los observadores. El atacado: un presidente (o su doble).

Las palmas de este thriller se las lleva un virtuoso dividido en tres nombres: el del director, el del montajista y el de la música, cuyos sonidos trasmiten estados de ánimo como contadas veces se ha escuchado en esta clase de filmes.

Consejo: véala. No haga caso de opiniones apresuradas ni de críticas desorientadoramente vanguardistas.

Observación: Fíjese en el actor que cumple el rol de Suárez, se llama Said Tghmaouni, tiene gran futuro. Pronto lo veremos en “Endgame” (2009) con William Hurt.


HERNANDO HARB

LOS AMOS DE BROOKLYN de Antoine Fuqua -HERNANDO HARB

domingo, 22 de agosto de 2010 en 16:51















LOS AMOS DE BROOKLYN

de Antoine Fuqua


Título original: “Brooklyn’s Finest”

Estados Unidos, 2009

Género: Drama policial

Dirección: Antoine Fuqua

Guión original: Michael C. Martin

Productora: Millennium Films

Productores asociados: Antoine Fuqua – Jesse Kennedy – Boaz Davidson – Robert Greenhit

Distribuida por Wide Pictures

Diseño de Producción: Therese De Prez

Fotografía en colores: Patrick Murguia

Montaje: Barbara Tulliver

Música: Marcelo Zarvos

Intérpretes: Richard Gere (Eddie Dugan) - Don Cheadle (Clarence “Tango” Butler) - Ethan Hawke (Sal Procida) - Wesley Snipes (Caz) - Ellen Barkin (Agente Smith) - Will Patton (Bill Hobarts) - Vincent D’Onofrio (Carlo) - Lilli Taylor (Angela) - Brian F. O´Byrne (Rony Rosario)

Fecha de estreno en la Argentina: 5 de agosto de 2010

Duración: 132’

Duración original: 140’ (mantenida en el DVD editado en la Argentina)

Calificación: Sólo para mayores de 16 años


El clásico puente de Brooklyn, casi de noche, casi solitario. Un recorrido desde un cielo nublado por los edificios idénticos de los suburbios de barriadas que recorre algún coche celular con sospechoso letargo. Ventanas sin luz. El olor del falso silencio. Todo ( y más) trasmitido por el admirable fotógrafo Patrick Murguia para iniciar una de las historias más despiadadas que el cine haya filmado sobre la institución policial de los Estados Unidos.

En off se escuchan voces masculinas susurrando: un ladrón que relata cómo obtuvo un dinero de la venta de drogas; el otro, un policía de civil buscando información. Están en un coche viejo protegidos por la oscuridad. De pronto un seco disparo termina con la vida del primero. El segundo huye. Nadie ha escuchado nada, salvo el espectador que inicia las vivencias de tres vigilantes del orden, cuyas vidas convergen en un final sangriento e impiadoso donde la inocencia está ausente y la culpabilidad se disfraza con la facilidad de habitar un territorio poblado por marginales sin futuro y con licencia para delinquir.

El guión del primerizo Michael C. Martin -toda una promesa-

Nos presenta a un policía a una semana de jubilarse, el neurótico Eddie, un solitario que ama a una prostituta; a un oficial de estupefacientes, padre de siete hijos, dispuesto a a matar a mansalva en cada allanamiento con tal de apoderarse del dinero necesario para adquirir una vivienda decente; un policía de civil que custodia el barrio manteniendo una agradecida amistad con el mandamás.

Los tres circulan en una trama des-estructurada por el director Antoine Fuqua, pero no al estilo francés con el montaje que combina pasado y presente. Él optó por un desorden premeditado valiéndose de un certero montaje paralelo que no sólo explica emocionalmente la historia. El sistema le permite diagramar un crescendo útil para comparar tres conductas de hombres que de y para una institución inválida (en el amplio sentido del término).

La perturbadora personalidad de Eddie (quien espera su retiro) es el resultado de un trabajo que lo convirtió en una placa más (cuando se despide de sus superiores la placa es tirada a una caja de cartón repleta de muchas similares) y en un ser que juega a una suerte de ruleta rusa cada mañana luego de tomar su vaso de alcohol barato). El drama del conflictuado católico Sal –un admirable Ethan Hawke- es el de un desprotegido por “la fuerza” a la que le dedica su vida sin permitirle brindarle a su familia una vivienda decente; de ahí que recurre a un modo de ahorrar: mata a ladrones y se apodera de los botines (“Total ese dinero jamás va a parar a un centro de rehabilitación”, razona). El negro “Tango” convive en las calles con la gente de su raza, disimulando raterías, venta de drogas, infames bares donde trabajan mujeres en situación de (literal) esclavitud.

Hay secuencias implacables: una de las máximas “ejecutivas” de la policía es la agente Smith, quien desde un comedero de cuarta categoría distribuye prebendas y ordena premiar a los uniformados a cambio de delaciones.

La nueva generación de policías se descoloca ante un panorama desesperanzado: un debutante debe reprimir a un landronzuelo por robar caramelos en el preciso momento en que sus colegas, muy cerca, matan sin piedad con fines de lucro. Tampoco los “nuevos” pueden defender a una mujer golpeada brutalmente en la calle por su pareja debido a que esa calle no está incluida dentro del área de su vigilancia… Y así desfilan los encargados de una misión al servicio de la comunidad, entre los que figura hasta un “marine” dispuesto a limpiar de corrupción su nación.

No hay ningún personaje –ni siquiera secundario- que discurra la moraleja repetida de este tipo de filmes. El the end desmoralizador, eso sí, nos ha ahorrado la glorificación de la violencia -tan cara a Tarantino y sucesores- pero no escatimó disparos secos, golpes de impacto nada gratuitos, ni un lenguaje que tememos que en la versión estrenada haya sido borrado para no lastimar a determinadas conciencias.

Vale la pena seguir las cavilaciones de estos “amos” de un Brooklyn en los que, de más está decir, no faltan las referencias racistas a latinos, actitudes misóginas extremas y un inquietante planteamiento que queda flotando en el interior del voyeur -espectador: ¿qué diferencia existe entre lo correcto y lo justo?

Un personaje secundario escupe estas palabras: “Es cuestión de elegir entre la Justicia y la Corrección”. Aterra el dilema tan confusamente planteado como lo sufre el uniformado que quiere mantener ese vapuleado “espíritu

corporativo”.


HERNANDO HARB

NO CONFIES EN MI de Gabriel Garcia y Liliana Quartuccio -Arnaldo H.Corazza

en 6:19










NO CONFIES EN MI

de Gabriel Garcia y Liliana Quartuccio

Ciudad Cultural Konex - Sarmiento 3131 - Buenos Aires

Idea Original: Gabriel García
Libro : Gabriel García-Liliana Quartuccio

Elenco: Alejandro Paker, Felipe Colombo, Manuela Pal, Carla Scatarelli y Verónica de la Vega
Diseño de Luces: Manuel Garrido
Asistentes de Producción: Vanesa González, Martín Etcheverry , Fernán Curiel
Comunicación y Marketing: Brenda Bianquet
Prensa y Comunicación: .Tiff
Dirección General: Daniel Suárez Marzal - Gabriel Rosas
Producción General: GRG Producciones

Lo mejor de la obra es su duracion 45/50 minutos, y asi poder irse rapidamente. Uno intenta no ser cruel, porque sabe del esfuerzo que significa materializar estos proyectos, pero en el mejor de los casos podemos hablar de un intento fallido. El libro es muy flojo, los dialogos intrascendentes, y si quiso generar algo de misterio no lo logra en ningun momento. Tampoco son convincentes las actuaciones, como si nadie estuviera convencido de lo que esta representando.
En fin, no nos parece recomendable, sobre todo cuando el espectador tambien hace un esfuerzo (las entradas no son por cierto economicas).

Puntos de 1 a 5: 1 punto

THE QUIET De Jamie Babbit - Hernando Harb

viernes, 20 de agosto de 2010 en 16:38















THE QUIET

De Jamie Babbit


Los Deer, una familia de Austin, California, clase media acomodada. El relato penetra en la intimidad a través del relato interior en off de Dot, una ahijada recientemente huérfana adoptada por los prolijos integrantes de este tinglado estadounidense.

Paul, el padre es un arquitecto que atiende a su esposa, Olivia, una mujer que sufre de los nervios y sobrevive empastillada con los remedios que su cónyuge le compra puntualmente. Nina, la única hija, es una discreta alumna, porrista del equipo de básquet del colegio.

En el medio está Dot, una sordomuda que en medio de la multitud se siempre invisible. “Lo terrible de mi invisibilidad es que nadie me percibe, pero yo noto las presencias de los demás”, medita.

Cada personaje esconde un secreto, a veces lo comparte en silencio con otro, pero cohabitan usando la mentira como escudo o para soportar una vida disfuncional que las apariencias protegen.

Dot es una especie de falsa nerd, conocedora de lo que esconden los Deer, toca a solas sonatas de Beethoven que su padre (cuyas cenizas guarda en un cofre) le ha enseñado mediante un método no precisamente tradicional) y soporta las confidencias de los que la rodean leyendo los labios. Sabe de la violencia de Nina y sus deseos criminales, las intimidades de Connor, un joven virgen compañero de las clases de biología, las feroces autocríticas de Paul al borde de su lecho, la adicción a los somníferos de Olivia, las extravagancias de la obesa Fiona… Es su mutismo que la convierte en una confesora que la convertirá en el detonante de la tragedia elaborada por los muy jóvenes guionistas Nazemian y Scraft con habilidad y audacia, quienes optaron por cercenar algunas facetas clave de algún personaje menor (el lesbianismo no asumido por Fiona, por ejemplo) para no cargar las tintas del drama que huye del folletín pero que no puede evadir los peligros del thriller.

Si bien el espectador va descubriendo paulatinamente las sorpresas que le depara el relato no es honesto anticiparlas para que “The Quiet” (“La invisible”) no deje de ser un estimable filme psicológico que, al fin de cuentas, su mayor objetivo es mostrar el angustioso periplo de dos muchachas que necesitan liberarse de la disfuncionalidad paterna que ambas soportan en un clímax de amor-odio.

La actuación es óptima. Camilla Belle fue seleccionada a través de un exigente casting comandado por la directora televisiva Jamie Babbit . Compone a una sordomuda con matices exactos y en el desenlace lo ilógico se vuelve explicable. Edie Falco es una señora Deer exacta (sus ojos entrecerrados, sus silencios, los ruegos lastimosos en el lecho matrimonial no requieren ni de exageraciones ni de mayores primeros planos). Un párrafo para Shawn Ashmore, un jovenzuelo que usa a Dot para poder hablar sus desvaríos (supuestos) de adicto sexual y de sus múltiple onanismo.

En definitiva: un elaborado drama, fotografiado con luz natural (la luz de la luna, el sol penetrando enormes ventanales) para compensar la técnica digital para trasmitir penumbras escenográficas que son las culposas oscuridades que el alma humana intenta no compartir con la del próximo por temor a descubrirse tal cual es.

Hernando Harb

EL ÚLTIMO MAESTRO DEL AIRE de M.Night Shyamalan - HERNANDO HARB

en 14:30















EL ÚLTIMO MAESTRO DEL AIRE

de M.Night Shyamalan


Título original: The Last Airbender

EE.UU., 2010

Género: Aventuras/Acción

Distribuida por Paramount Pictures & Nickelodeon Movies

Director: M. Night Shyamalan

Guión: M. Night Shyamalan

Productor: José L. Rodríguez

Música: James Newton Howard

Montaje: Conrad Buff

Fotografía en colores y pantalla en 3D: Andrew Lesnie

Hablada en inglés (hay copias estrenadas en castellano)

Fecha de estreno en la Argentina: 12 de agosto de 2010

Intérpretes: Noah Ringer (Aang-Avatar) – Nicola Pelitz (Katara) - Jackson Ratbone (Sokka)- Cliff Curtis (Lord Ozai)- Aasif Mandvi (Commander Zhao) – Dev Patel (Príncipe Zuko)

Duración: 120’


El caso del artesano de origen indio Manoj Night Shyamalan se presta para el asombro. Desde 1992 no deja de rodar filmes de altos presupuestos y exóticas tramas que logran una repercusión popular debido a un excelente aparato productivo.

Éste “El último maestro…” es un ejemplo. Filmada en tridimensional, con una cantidad de productores de diversas procedencias y siguiendo lineamientos presuntuosos de guiones propios el joven MNS se aboca con un afán que podría tener un mejor destino desde 1992 a lanzar películas que, en el mejor de los casos, se vincularían con el género de la fantasía, combinada con acciones multitudinarias, efectos especiales, extraterrestres solapados, espíritus de otro mundo y hasta el fin de la Tierra por culpa de humanos desatentos con la Madre Naturaleza.

Su tercera película, “Sexto sentido” (1999), tuvo los halagos de críticos apresurados y de un público aficionado a visitantes cuyas almas no desean despedirse y marcharse al otro mundo. Le siguieron algunas otras como “Señales” (2002, con Mel Gibson, donde los E.T. asolaban una chacra), “La aldea” (2004, indigna demostración de cine de misterio con un desconcertado William Hurt), “La joven del agua” (2006, con una náyade que molestaba las cañerías que desembocaban en un natatorio), “El fin de los tiempos” (2007-08, donde las desventuras de un grupito de seudopersonajes descubrían que el desastre ecológico se avecinaba).

Hasta que arribamos a “El último maestro del aire” donde nos cuenta este hindú-norteamericano que hay cuatro naciones (Aire, Agua, Tierra y Fuego) renacidas de una serie televisiva filmada en 2005 y que (por suerte) no llegó a nuestra maltratada (por diversos motivos) televisión.

Dos hermanos (la bonita Katara y el más o menos intrépido Sokka) buscan alimento para su comunidad en medio de icebergs, hielo, estalactitas y lagos congelados. Pertenecen al mundo del Agua, por supuesto. Hasta que a los cinco minutos de iniciado el filme, la pareja descubre que los habitantes del territorio ígneo tienen intereses de dominar a los otros tres con la ayuda portentosa de una flotilla de barcos que no se mueven de la costa durante las dos horas de duración de la historieta. Tampoco vemos cómo descienden los colonizadores de las negras naves porque el montaje de Conrad Buff evita hacérnoslo saber.

Nunca falta el héroe salvador: esta vez en un niño, un Avatar llamado de entrecasa Aang, con suficientes enseñanzas de monjes presididos por uno que permanece en una cueva y se asoma para que el uso del 3D se luzca en algún momento de la soporífera saga cuya estruendosa música de James Newton Howard se encarga de aturdir a los juveniles espectadores y a padres azorados de tanta impericia reunida como un manojo de cardos lanzados de una pantalla en la que se puede distinguir al actor de “Slumdog Millonaire” (2008, Oscar a la Mejor Película del Año), el morocho nacido en EE.UU. Dev Patel, que pretende hacer carrera desde que el tándem integrado por el inglés Danny Boyle y su ayudante hindú Loveleen Tandan suponen haberlo consagrado en esa comedia ambientada en barrios marginales y programas de preguntas y respuestas de la TV del país del Taj Majal.

En cuanto al incongruente guión de MNS para muestra basta un botón:

“Los espíritus adoptan formas diversas” , apunta alguien mirando al cielo.

“Vendrán en nuestra ayuda”, acota otro.

“Hay que tratarlos con amabilidad”, remata el primero.

Si alguien sospecha que este diálogo es incoherente por haber sido extraído de contexto se equivoca. Si se piensa que hubo un error de traducción, también. La verdad es que como estas “erudiciones” hay a montones y uno no sabe qué sentido le otorgan al libreto.

Pero no importa, para entretenernos están las piruetas de Avatar y Katara, de cuyos dedos surgen torrentes (sí, torrentes) capaces de inaugurar lagunas o huracanes que pueden sepultar a todo los integrantes de la ficha técnica de este filme que se inicia con un letrero que anticipa: “1. Agua”. De lo que se deduce que se preparan tres postproducciones con los respectivos elementos que permitan que la humanidad exista.

De manera: que los colonizadores de la comunidad del Fuego insistirán en sus propósitos. Esperemos que las cuentas no den un saldo positivo y los productores retrocedan en sus intenciones.

Lástima por el Avatar: es un preadolescente muy simpático ye insistente atleta (tal vez aquí esté su futuro).


Hernando Harb

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