MEDIA LUNA de Bahman Ghobadi -Arnaldo H.Corazza

domingo, 27 de junio de 2010 en 6:13











MEDIA LUNA

de Bahman Ghobadi 1

Ficha Técnica

Guión y Dirección: Bahman Ghobadi

Actores: Mamo … ISMAIL GHAFFARI / Kako …. ALLAH MORAD RASHTIANI /

Hesho …. HEDYE TEHRANI / Policía …. HASSAN POORSHIRAZI /

Niwemang …. GOLSHIFTEH FARAHANI / Shouan ….SADIQ BEHZADPOOR

Fotografía: Nigel Block, Crighton Bone

Edición: Hayedeh Safiyari

Productor: Bahman Ghobadi

Diseño de Producción: Mansooreh Yazda /

Bahman Ghobadi

Música: Hossein Alizadeh

Duración: 107 min

País: Austria / Francia / Irán / Iraq

Idioma: kurdo / persa

A Mamo, un músico mayor y de renombre, le dieron permiso para llevar a cabo un concierto en el Kurdistán iraquí. Su fiel amigo Kako conducirá un autobús escolar que irá recogiendo a los diez hijos músicos de Mamo, repartidos por todo el Kurdistán iraní. El viejo músico kurdo ha esperado 35 años para poder actuar de nuevo en el Kurdistán iraquí y no escucha la premonición de su hijo de que algo terrible le espera antes de la siguiente luna llena. Por otro lado, tratará de convencer a Hesho, una cantante que vive en un refugio de montaña con otras 1.334 cantantes exiliadas, de que se una a ellos. Pero como las mujeres en Irán no pueden cantar en público ante los hombres, Hesho deberá ver de que forma pueden llegar al lugar. El viaje de Mamo y su grupo no está exento de dificultades, pero su constancia y persistencia, logrará llevarlos a todos al terreno de la aventura, la emoción y la magia.

Es una aproximacion a las tragedias de la nacion Kurda, con un aire de comedia en algunos tramos. Los Kurdos son mas de 40.000.000 de personas desparramadas por el mundo, y especialmente afincadas en un territorio enclavado en Iran, Turquiaz, Irak y Siria. Es una nacion sin territorio propio que vienen reclamando sin caludicar. Bahman Ghobadi es un director Irani, de la etnia kurda, que ha filmado solo 3 peliculas, y ya obtuvo premios en los festivales de San Sebastian y Estambul. Con un elenco no profesional, el Director nos trasmite imagenes creibles, que metaforicamente ponen de manifiesto en drama de los kurdos. El viaje de Mamo -viejo musico kurdo- con sus hijos hacia el Kurdistan Iraqui, para dar un concierto luego de 35 años, es un viaje mitico, lleno de metaforas, y hasta escenas risueñas en el marco de esta tragedia. Llevan escondida una mujer cantante, sin la cual Mamo no puede hacer el concierto, ya que en Iran las mujeres no pueden cantar en publico ante los varones. Esta bien filmada, es el tema atrapante, no ingresara jamas al circuito comercial, pero hay que verla, aunque mas no sea para conocer, en parte solo en parte, el drama de los kurdos. Pero ademas es buen cine, inteligente, y digno de ver.

1.-Bahman Ghobadi, بهمن قبادی, versión persa del nombre kurdo Behmen Qubadî (Baneh, Irán, 1 de febrero de 1969) es un director de cine, guionista, productor, director artístico, actor y diseñador de producción kurdo-iraní.Fue encarcelado por el regimen de los ayatolas por su crítica al presidente del país, Mahmud Ahmadineyad.

Puntos 1 a 5: 3 puntos

CARANCHO de Pablo Trapero - HERNANDO HARB

jueves, 24 de junio de 2010 en 19:42















CARANCHO

Argentina, 2010

Género: Policial

Fecha de estreno en la Argentina: 6 de junio de 2010



Director, Productor, Co-guionista y Montajista: Pablo Trapero

Guión: Alejandro Fadel – Martín Mauregui – Santiago Mitre – Pablo Trapero

Montaje: Ezequiel Boroviwsky – Pablo Trapero

Dirección de Fotografía (en colores) y Cámara: Julián Apetezguia

Productora Ejecutiva: Martina Gusman

Director de sonido: Federico Esquerro

Dirección de producción: Agustina Llambi Campbell

Intérpretes: Ricardo Darín (Sosa) – Martina Gusman (Lujan) – Carlos Weber - José Luis Ronzano

Duración: 127’

Calificación: Sólo para mayores de 16 años


El abogado Sosa es un individuo detestable dedicado a estafar a las gentes que deben cobrar seguro de vida después de un accidente automovilístico. Añora recuperar su matrícula y liberarse de una relación de dependencia: la llamada Fundación, un estudio jurídico dedicado a vivir de las desgracias ajenas en connivencia con médicos, choferes de ambulancia, jueces y policías. Está siempre antes que los galenos en el lugar del hecho donde ve posibilidades de obtener un negocio. En síntesis: un “carancho”, esa lacra que pulula por las salas de emergencia médica y por las empresas de servicios fúnebres.

Después de recibir una paliza (resultado de sus andanzas ilegales) arriba con celeridad a aprovecharse de un herido en un accidente en una Buenos Aires nocturna más solitaria que un desierto sin un camello a la vista.

Llega casi simultáneamente que la doctora de guardia de un policlínico de San Justo, una Luján prevenida de la tarea de este tipo de habitantes camuflados en una legalidad acogida por la venalidad de instituciones varias.

El comienzo del último filme de Pablo Trapero despierta interés. Hay nervio, acción y penumbras prestadas por algún filme noir. Pero el motor de la accción vuelve a ponerse en marcha y toma un camino que se bifurca en varios senderos: el joven director (nación en 1971, precisamente en San Justo) toma la senda equivocada. Sus acompañantes del hipotético rodado que es el ojo de la cámara prefieren el paisaje más despojado y sin complicaciones. Porque los guionistas (¡tres! más Trapero) toman el volante y, ya se sabe, muchas manos pueden provocar un choque de imaginaciones.

Es una película frustrada. El marginal leguleyo carece de biografía, por ahí dice que prefiere no contar acerca de su pasado (pero al espectador sí le interesa conocer las motivaciones de su inconducta). Por lo tanto, Sosa es Sosa, un descastado sicial y pare de contar. Sus impulsos deben ser adivinados, sus postergadas ambiciones, intuidas y ni hablar de sus pretensiones. Eso sí, está muy solo. No podía ser de otro modo.

Conoce a Luján, una doctora que deambula como una zombie todo el tiempo. Parece sufrir de una abulia crónica. Dice que le gusta su profesión, pero no lo demuestra. Se sabe poco de ella. Nada más que es una provinciana que ejerce en una ciudad violenta. Y que está muy sola. Podía ser de otro modo. No se justifica tanta apatía.

Los dos parecen atraerse. Él la cita a la salida de su trabajo y ella contesta con un que puede ser ya que estamos. Se encuentran en un bar ubicado al borde de una ruta. En una toma sin cortes se los escucha hablar: se entretienen pensando en posiblers de dos, tres y cuatro coches que divisan a través del opaco vidrio. Lo que demuestra que su ética se parece a la de un simio con aguja hipodérmica presta a pinchar sin ton ni son. La escena inmediata es previsible hasta para el espectador más desprevenido: se abre la puerta del departamento de uno de ellos que se desvisten con un frenesí prometedor contra la pared. Pero los (sí, ¡cuatro!) guionistas los obligan a hacer una escena que pretender ser hot pero que resulta cold tal es el adormecimiento que presta la galena al “carancho”, que inicia una relación que algún crítico llamó “visceral” sin darse cuenta (queremos creer) que inauguraba un chiste involuntario tratándose de una película abocada a la minuciosa descripción de operaciones, sangrías, pinchazos y otros aderezos típicos de una guardia médica.

Después el motor de la creatividad disminuye. Hay tantas paradas (tiempos muertes) como accidentados bañados en hemoglobina, anestesias y profusión de algodones. No es exageración.

La cuestión es que la relación no se sabe si es romántica, circunstancial, protectora, enfermiza o pasional (aunque esto último es dudoso por la desenvoltura erótica de los protagonistas por más que el dúctil Ricardo Darín acelere el motor y desparrame espasmos culminantes sobre las espaldas de su pareja que parece en brazos de Morfeo. Hay que verla para saber cómo no se debe filmar una relación sexual animada por amantes correspondidos.

El motor del rodaje disminuye la marcha. Por más que Sosa se meta en turbiedades que los caminos sin retorno esperan al final del trágico sendero que (sí, ¡cuatro!) imaginan sin gastarse demasiado. Ni la productora ejecutiva Martina Gusman (esposa del director y somnolienta doctora Luján) intentó prevenir. Cada uno a sus tareas. No mezclar los tantos, aunque se tengan la mirada puesta en la taquilla. No hay que distraerse al volante.

El resto de los actores casi no existen. Porque no hay personajes, salvo el insinuado en el pobre Tito, chofer de ambulancia y cómplice del “caranchismo”. Es que el malo hace de malo, el doctor que imparte reprimendas de doctor que imparte reprimendas. Etcétera.

Hay un solo momento que quiebra el hastío de Luján y Sosa: es la secuencia de un cumpleaños quinceañero. No es cuestión de ilusionarse: ambos la emprenden con una conocida canción aboleradas que habla de muertos y de un más allá que traiga paz.

El motor se acelera un poco al final, cuando la pareja parece curar heridas (físicas) por obra del maquillaje y del errático montaje. Pero es tarde. Porque se olvidan que cuando se maneja hay que prestar atención y deben evitarse caricias y comentarios sufrientes al cruzar una esquina. Porque se viene lo previsible: un crash (*) que segurante habrá de explotar algún “carancho” que hace cuentas redituables en los dividendos de la taquilla.

Es una lástima. Trapero se olvidó de su esquematismo admirable de Mundo grúa (1901), del inconsciente (o no) neorrealismo de Familia rodante (2005) y hasta de la sensibilidad de su Sebastián en el sur argentino de Nacido y criado (2006). Está más cerca de su Leonera reciente. Debe buscar otros caminos, tal vez en su San Justo natal los encuentre. Y no se pierda en ambiciones de alguna muestra francesa destacable (Una Cierta Mirada), cuyo jurado debe haber supuesto que este Carancho es un muestrario de obsolescencias sanitarias argentinas, cuando no un código necesario: el de tránsito. Un articulado que sufre violaciones en los policiales norteamericanos y europeos. Hay que tomar precauciones para la próxima. Por el bien de los espectadores y del buen cine argentino. No se debe transar.

(*) No es una alusión a alguna memorable novela de ciencia ficción ni a una película no valorada.


Hernando Harb

EL CRACK de Jose Martinez Suarez - Hernando Harb

lunes, 21 de junio de 2010 en 18:21
















EL CRACK

Argentina, 1960

Género: Drama social

Director: José Martínez Suárez

Guión: José Martínez Suárez, Carlos A. Parrilla y Solly

Libro: Obra teatral de Solly

Música: Víctor Schlichter

Montaje: Antonio Ripoll – Gerardo Rinaldi

Intérpretes: Jorge Salcedo - Aída Luz - Marcos Zucker – Domingo Sapelli – Carlos Rivas – Enrique Cosí – Fernando Iglesias (a) Tacholas – Pablo Cumo – Claudia Laforgue

Duración: 85 minutos

Fecha de estreno en la Argentina: 16 de agosto de 1960

Calificación: Apto para todo público


En momentos en que se juega el Mundial de Fútbol en Sudamérica (2010) se intentaron armar algunos listados de filmes argentinos dedicados al tema del deporte que es “pasión de multitudes”.

Los resultados mostraron que el tema es uno de los asuntos tabú en la pantalla local, tal vez más que el del negocio de la prostitución (cuyo mayor intento fue La malavida de Hugo del Carril, filmado con el advenimiento de la democracia y con buenos resultados comerciales).

Pero el fútbol es un material quemante hasta por los más audaces y altruistas hombres abocados a la dirección en nuestro medio.

En esas encuestas no faltaron los típicos filmes que apenas esbozaron las brasas del meollo y derivaron en otros proyectos. Por ejemplo no faltó el Discepolín con su conmovedor e inofensivo El hincha (1951) o la lacrimógena y populista Pelota de trapo (1948). También se incluyeron la surrealista El centrofoward murió al amanecer basada en una obra teatral de Agustín Cuzzani y que diagramó el eficiente René Mugica con temor a compromisos especulativos y esmerándolos por disfrazarlos de exorcismos ideológicos, y la ingenua Paula contra la mitad más uno (1971), un divertimento de Alberto Fisherman pergeñado por algún integrante de la revista “Primera Plana” y del cual sólo se recuerda la incursión penosa del crítico de cine Carlos Burone y la intromisión de algunos actores fenomenales devenidos en caricaturas de sí mismos (Luppi, Gené).

El colmo de esas listas recordativas fue el de ignorar un título que sin lugar a dudas merece incluirse entre los diez mejores títulos del cine argentino de los ’60-‘70 y un poco más: El crack, estrenado un martes en un solo cine (el Normandie) en tiempos en que se acostumbraba a exhibirse un filme (más si era nuestros) en salas cabeceras de barrio además de la principal que lo estrenaba. Sólo dos comentaristas radiofónicos se animaron a destacar la creatividad de ese título al que bautizaron “el más importante filme argentino de los últimos diez años” (fueron Juan Ignacio Acevedo y Tito Franco).

No se equivocaban. Lástima que los memoriosos de siempre la olvidaron olímpicamente. Ni siquiera la casualidad llamada juventud puede salvarlos de tal olvido.

Porque José Martínez Suárez (nacido en 1925) estrenó su opera prima ante el escozor de muchos y los remilgos de quienes se aventuraban a inaugurar la nueva ola autóctona (una copia de la envidiada corriente creadora francesa), sumergida en un olvido a veces no reconocido por aventureros apresurados del mundillo de la crítica. El crack es aún un título cuestionador que asombra por su anticipación y su maravillosa alevosía.

Osvaldo es el personaje central, un jugador de tercera que ambiciona llegar a primera. Consigue que sus ensoñaciones se concreten, pero la trayectoria que debe correr está sembrada de una corruptela despiadada: coimas, negociados, traiciones y demás penumbras que se cocinan en medio de hinchadas cautivas por falsas contiendas y apretujadas en pancartas tramposas. Los estribillos no eran vuvucelas. El patriotismo

aparecía en la película como una inmisericorde trampa. La escenografía de un partido profesional (River versus San Lorenzo era el escenario del remate temático) era un cross a la mandíbula que Arlt no hubiera (al contrario) desdeñado.

El nacimiento, ascensión y caída del vitoreado Osvaldo no ha tenido hasta hoy competencia en el territorio del celuloide.

Es un ejemplo de varias cosas: la censura habita algunos claustros directivos, el tabú sobre vive al arte y la memoria colectiva sigue siendo una sacerdotisa del olvido.

Rememorar El crack significa reivindicar el nombre de uno de los mejores directores de la historia del cine de nuestro medio: José Martínez Suárez, dueño de una filmografía en la que destella su admirable Los muchachos de antes no usaban arsénico (corrosividad que puede buscarse con afán en algunos videos muy seleccionados) rodada en 1976; la sátira Los chantas (1975, radiografía impiadosa de la porteñidad); Dar la cara (1972, un mural ciudadano basado en la novela homónima de un gran nombre de la literatura, David Viñas) y rememorar su último filme, el policial Noches sin luces ni soles (trhiller de 1984, puede verse en el canal Volver alguna trasnoche).

Martínez Suárez nació en Villa Cañás, Santa Fe, y es hermanos de las actrices Mirtha Legrand y Silvia Legrand.

Que el cine argentino le otorgue el lugar que se merece: el de un creador honesto, dúctil y personal.


Hernando Harb

THE HOLLIGANS de Lexi Alexander - HERNANDO HARB

en 16:27



















THE HOOLIGANS

Título original: Hooligans

Título en otros países: Green Street Hooligans

Origen: Inglaterra,2005

No estrenada en la Argentina

Género: Drama

Director, productor y libretista: Lexi Alexander

Guionistas: Lexi Alexander y Dougie Brimson

Intérpretes: Elijah Word (Matt Buckner) – Claire Forlani (Shanon Dunkham)- Oliver Allison (Ben Dunham) – James Allison (Ben Dunham, adolescente)

Duración: 100 minutos aprox.

Duración original: 105 minutos


Pocos filmes británicos presentan como tema central el del nacimientos, adversidades y desarrollo de los hooligans (nombres que tiene su origen en el apellido de tan discutido “creador”: Hooligan. Lo curioso es que los pocos que se abocaron a esa empresan no fueron exportados para su estreno comercial (el último conocido es The football factory (2007) que se intentó distribuir en la Argentina con el patético Drama de un barra brava y que no venció las barreras de la distribución aunque el nombre de su realizador ofreciera una ligera garantía de calidad: Nick Love (un irregular artesano de filmes de clase “B”).

La cuestión es que este The Hooligans, dirigido, escrito y coguionado por el dueño de una paupérrima filmografía como es Lexi Alexander, fue circunscripto al circuito televisivo y suele emitirse por cable con recelosa continuidad.

Se necesitó que el Mundial de Fútbol Sudafricano se inaugurase para que diversas señales lo eligieran en su listado después de las 22 horas y con escasa propaganda.

Mientras otros canales (Infinito,, por ejemplo) ponían al aire documentales acerca de la evolución del deporte del fútbol en el mundo alguno arriesgó a resucitar esta producción británica que es merecedora de alguna atención, al margen de su relativa virtud cinematográfica.

Con un débil guión que alude a los hooligans como producto de una violencia juvenil teñida de euforia y rivalidad barrial (al estilo de algún título norteamericano de Richard Brooks de los 50’), la historia ofrece aristas tangenciales inquietantes para el espectador menos avisado. El drama del joven Matt Buckner dominado por la desidia y un conflictuado medio familiar, además de arrastrar algún fracaso en el ámbito estudiantil, es escaso y merecía un mayor análisis. Su deslumbramiento por el grupo de barras bravas locales aparece como extraído de un manual de Erich From y lo presenta como un temeroso a enfrentar su libre albedrío y buscar la protección en un grupo de aficionados violentos que hacen de las trifulcas y de la furia interior –asperjada de abundante cerveza-. No conforma ese análisis detenido en la cáscara de una fruta dueña de una pulpa más rica y que convida a descubrir gajos más comprometidos con una realidad actual que conmueve más allá del mero deporte.

El notable escritor inglés Arthur Koestler analizó las diferencias y parecidos existentes entre el nacionalismo político y el nacionalismo deportivo. Merece revisarse esa diferencia deteniéndose en sus desviaciones y en el uso (sobre todo en el segundo caso) que astutamente despliegan intereses políticos. El filme de Alexander parece no animarse a profundizar la temática. Se conforma con exteriorizarla. Para ello recurre a secuencias de patotas enfrentadas, rostros ensangrentados y el ejercicio de una violencia claudicante al final moralizante en el que la bella y ascendente Claire Forlani protagoniza para apiadarse de las desventuras del protagonista, al que Elijah Word presta el rostro de un Frodo lejos de rings y de aventureros repliegues manejados por Peter Jackson.

Es una lástima. Pero con un montaje inteligente (de Paul Trejo) y con sones musicales demasiados subrayados (de Christopher Frank) The Hooligans queda en pie como una aproximación distanciada a un problema que merecía mayor detenimiento.


Hernando Harb

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